Antes de existir este museo digital, hubo una pared roja.
La pinté mientras ayudaba a transformar un espacio que, por un momento, sentí como un lugar donde yo también podía florecer. Fue sobre esa pared donde reuní algunas de mis primeras pinturas y descubrí, por primera vez, que podían dialogar entre sí y con otras personas.
Ese día comprendí que mis obras merecían un espacio donde pudieran ser contempladas y encontrar así su propio hogar. Me sentí profundamente orgullosa de mi creación.
Aquella certeza fue la primera semilla del museo que hoy comparto contigo: Un Universo para Contemplar.
